El viaje que emprendí desde La Plata hasta Neuquén para ser presentado como “el novio oficial de la nena”, debo confesar, lo hice cagado hasta las patas. El haber sido testigo de la austeridad afectiva con la que mi papá recibía a los novios de mis hermanas, hizo que creyera que esa era una situación intrínseca al noviazgo y que se debía pasar por ella obligadamente. Así que, convencido de que esa persona a la que estaba yendo a conocer ya me odiaba de antemano, me propuse caerle en gracia: conociendo su fanatismo por Los Beatles, a ese primer encuentro llevé puesta una remera de John Lennon. También, pretendiendo agradar a cualquier precio, mostré mi costado más amable. A los diez minutos de habernos dado la mano, mi suegro me estaba llevando a su casa de fin de semana para que con mi novia pasáramos unos días de amor y relajación. Durante todo el viaje fui pensando “Acá hay algo raro, no puede ser tan piola este tipo. En la próxima curva pega un volantazo y hace volcar la camioneta para desprenderse de mi”. No sucedió. Tampoco hizo falta la puesta en escena, ni el haberme hecho mala sangre. Al parecer los suegros, en la actualidad, están más relajados.
Pese a que conocer a los padres de la pareja ya no signifique pasar por una especie de máquina de la verdad ni por un cuestionario de aptitud o solvencia, no deja de ser un momento cargado de tensión generalizada. Es entendible: el candidato pretende estar a la altura de las expectativas de sus suegros. Por su parte, el hijo o la hija quiere conseguir el visto bueno de unos padres que proyectan -como mínimo- que esa persona que acaban de conocer sea buena, trabajadora y que no se drogue.
En épocas de Tinder, Facebook y divorcios exprés, los padres advierten pocas probabilidades de que la naciente relación de sus hijos termine siendo un lazo “para toda la vida”. El psicólogo Alfonso Carmona explica que “hoy está aceptado socialmente que existan varias parejas antes de construir una familia y eso hace que ‘el candidato’ tenga cada vez menos requisitos para hacer aceptado” y añade “los padres dirán que si son felices, y están bien juntos, entonces estará bien”.
UN TRÁMITE
El día que Agustina Del Santo (25) decidió organizar una cena familiar para presentar a su novio estaba nerviosa, pero segura de que Juan iba a caerles bien. Juan Caamaño, 33 años y Planificador Comunicacional, llegó tranquilo a resolver el trámite: “tenía la confianza de que apenas se dieran cuenta de los buenos sentimientos que tenía para con su hija no iba a surgir ningún inconveniente” dice Juan, quien a pesar de esa autoconfianza deseaba, con el alma, ser aprobado: “me importaba mucho por lo que representa la familia para mi novia”.
Hoy, tras dos años de relación con Agustina, Juan tiene a sus suegros como principales aliados: “cuando a ella le agarra la locura, mis suegros opinan a mi favor” dice entre risas Juan. También, para seguir sumando porotos con la familia política, cumple a rajatabla el manual del yerno ideal: no maneja el control remoto, no se tira en el sillón a ver los partidos de Independiente, ni le pide a la suegra que le prepare un vermú “por más que haya confianza suficiente, entiendo que es su casa y que estoy de visita. Trato de no desubicarme” dice Juan que, además, cada vez que viaja a su Tandil natal trae salamines para compartir en los religiosos almuerzos domingueros “es una linda tradición que tienen y de la que me gusta formar parte”.
TU APROBACIÓN O TU OLVIDO
Para Tamara no fue ningún trámite. Ella tuvo que viajar hasta Rosario para conocer a un suegro que ni siquiera estaba enterado de la inclinación sexual de su propia hija: “estaba muy preocupada por recibir su aprobación. Las dos somos muy familieras” dice Tamara (27), estudiante de música en la facultad de Bellas Artes, que desde hace tres años mantiene un noviazgo a distancia “si bien intenté ser yo misma, no voy a negar que estaba muy nerviosa y un poco asustada” agrega.
El psicólogo Alfonso Carmona explica que “cuanto menor sea la presión familiar en la elección de una pareja, mayor será el grado de libertad que el sujeto tenga para vivir sus propia experiencia, su propio ejercicio de la sexualidad y el modo de vincularse con una pareja”
Aunque cada vez que Tamara visita a su novia en Rosario es recibida por sus suegros con afecto y amabilidad, el tema de la homosexualidad sigue siendo un tabú: “mi suegro es un poco cerrado y eso generó que mi novia nunca pudiera decírselo abiertamente” dice Tamara “aunque todo se viva con mucha naturalidad y yo me sienta querida, él prefiere no ponerle nombre a la relación que tengo con su hija” agrega. Para el psicólogo Alfonso Carmona, en estas situaciones se pone en juego mucho más que una simple presentación: “aparece la proyección narcisista que los padres depositan en sus hijos. A veces, lo que ellos desean como proyecto de familia de sus hijos, no coincide con los deseos de éstos”.
REPETIR LA HISTORIA
Claude Levi-Strauss, antropólogo francés, escribía en la década del 50 que toda sociedad está compuesta por grupos familiares más o menos grandes y que, para mantenerse cohesionado en un grupo más amplio que los constituya como “una sociedad”, deben hacer algún tipo de juego de alianzas y prohibiciones: se prohíbe tomar como pareja a ciertas personas (el incesto por ejemplo) y se habilita a otras.
A Gabriel López, 38 años y empleado público, lo habilitaron de casualidad. Su suegro se la hizo difícil. Roberto, hombre serio y grandote, no estaba dispuesto a que le robaran su mejor creación. Al entrar a su casa y advertir que Gabriel, además de haberse ganado el amor de su hija, ahora intentaba caerle simpático a su futura suegra, sin mirar dijo “hola”, se cambió unas alpargatas sucias por unas limpias, y se fue nuevamente de su casa: “yo estaba indignado. Aurora, mi suegra, Intentaba disculparse por el accionar de su marido” dice Gabriel. En épocas en las que los celulares no existían, cada vez que llamaba por teléfono a la casa de Guadalupe, imploraba no ser atendido por su suegro: “Me hablaba con dureza. Apenas respondía con monosílabos”
Hoy, después de doce años de estar en pareja con Guadalupe, Gabriel intuye que repetirá la historia y ni quiere imaginarse el día que Maitena, su hija de diez años, traiga su primer novio a la casa: “calculo que voy a ser reticente” dice Gabriel “le va a costar entrarme porque mi hija es como mi piel. Ya te vas a dar cuenta lo que se siente el día que tengas una nena”, advierte.
DE OTRA ÉPOCA
Si bien la tradición de pedir de la mano va camino hacia la extinción, no viene mal hacer un repaso para saber de dónde viene. En la Antigua Roma, los derechos de las mujeres eran administrados por un tutor responsable que solía ser representado por la figura paterna. Ese poder llevaba el nombre de Manus. Entonces, cuando el novio pedía a su futuro suegro la mano de su amada, lo que hacía, en realidad, era una solicitud de traspaso del control. Por suerte, en Argentina, el avance de la mujer tanto en la vida social como en el trabajo ha hecho caer la figura del pater familia. Pero en otros países, como en México por ejemplo, los mandatos patriarcales y machistas aún tienen vigencia ¿Le parece de otra época? Vea la historia de Tomás.
En Mérida, México, mientras completaba una Maestría en Biología Marina, Tomás se había puesto de novio con una nativa. Su suegro, campesino y productor de chile mexicano, sabía cómo tirar tierra: “le decía a mi novia que en México había buena carne y que las relaciones entre personas de otros países eran muy complicadas” recuerda Tomás. Cuando viajó hasta Isla del Bosque (Estado de Sinaloa) para conocer a la familia de su novia, se enteró que dormiría afuera. Para colmo, al no haber hotel en el pueblo, su suegro lo llevaba cada noche en camioneta hasta una localidad vecina: “Mi objetivo del viaje era hablar con él y contarle que la relación que yo tenía con su hija iba en serio y que teníamos planes a futuro”, recuerda Tomás “apenas abrí la boca se sacó el sombrero blanco de campesino y me miró fijo a los ojos” agrega. La preocupación por simpatizarle a su suegro era inevitable: “pensaba que por sus tradiciones, en algún momento iba a tener que pasar por la situación de pedirle la mano de su hija”.
“Cuanto menor sea la presión familiar en la elección de una pareja, mayor será el grado de libertad que el sujeto tenga para vivir sus propia experiencia, su propio ejercicio de la sexualidad y el modo de vincularse con una pareja”
Para el psicólogo Alfonso Carmona, las tensiones que surgen a la hora de la presentación oficial están vinculadas a la necesidad de ser aceptados: “ya sea la pareja o uno mismo la víctima del acontecimiento, lo que siempre está en juego es la aceptación de la ‘Familia como institución’ a este nuevo personaje que aparece en la construcción de la nueva historia familiar”, reflexiona.
Los tiempos están cambiando. Hoy los suegros estrictos parecen ser cada vez menos y conviven con otros más relajados que priorizan que sus hijos hagan elecciones felices. Eso sí, los nervios y la necesidad de agradar del candidato se mantienen intactos. A diferencia de medio siglo atrás, tanto suegros como novios saben que nada es para siempre y aunque para el candidato esto puede ser fuente de angustia, para los suegros disconformes representa un alivio.
Las vueltas de la vida determinarán que éstos que hoy pretenden ganarse la confianza de sus suegros, en un futuro no sabrán qué excusas poner para evitarlos.
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